Primera mención de la ciudad de VALENTIA (TITO LIVIO)

IVNIVS BRVTVS COS. IN HISPANIA IIS QVI SVB VIRIATHO MILITAVERANT AGROS ET OPPIDVM DEDIT, QVOD VOCATVM EST VALENTIA





La Saga de los Antonio de Valentia

Bienvenid@s a la antigua Hispania romana...

Querid@ amig@, te invito a un viaje muy especial, una ventana que te permitirá ver nuestro pasado y conocer las costumbres y vidas de nuestros ancestros, tan sólo dos mil cien años atrás, cuando esa bella dama llamada València nacía en la isla fluvial del curso bajo del Turivs de la mano de las palas, el sudor y la ilusión de poco más de dos mil veteranos licenciados de las legendarias legiones de Roma.

VALENTIA, DEVOTIO y PRINCEPS contienen entre sus páginas muchos de los momentos más apasionantes y dramáticos que vivió la joven Perla del Turia desde sus primeros años de vida allá por el siglo I a.C. hasta la gran persecución de principios del siglo IV d.C.


En VALENTIA conocerás a dos hombres atrevidos y extraordinarios, Quinto Sertorio y Pompeyo el Grande, ambos decididos a dirimir sus irreconciliables diferencias en tierras valencianas inmersos en la cruenta Guerra Civil que sacudió a la vieja República.

En DEVOTIO podrás leer dos historias paralelas: la primera de ellas la protagoniza un peligroso triángulo formado por Publio Daciano, el gobernador de la Tarraconense, Eutiquio de Osca, un diácono indomable, y Tito Antonio, un magistrado veterano que se ve atrapado en medio de la gran persecución de los cristianos. La segunda historia nos lleva 20 años después de VALENTIA, cuando el único hijo de Cayo Antonio, Lucio, decide lavar el honor familiar yendo a luchar contra un usurpador que pretende dominar la República: Cayo Julio César.


En PRINCEPS Lucio Naso seguirá a uno de los grandes hombres que protagonizaron el fin de la república, Sexto Pompeyo, conociendo en paralelo las carreras desaforadas hacia el poder de Marco Antonio y Gayo Octavio Turino, quien con el tiempo y astucia acabaría siendo conocido como Augusto, el princeps...

Si siempre has querido saber más sobre la Historia antigua de València, si no te has conformado con la poca y dispersa información que hay sobre ella y crees que hay muchas más cosas interesantes y curiosas que saber de nuestros orígenes esperando a ser descubiertas, acertarás leyendo las epopeyas de Cayo Antonio Naso y su hijo Lucio, ciudadanos de VALENTIA.

PLVRIMAM SALVTEM OMNIBVS!


Gabriel Castelló

El Puig (València)

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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Nunca me aprendí la lista de los reyes godos



Así se llama esta obra divulgativa ingeniosa y amena con la que Javier Sanz, amigo, apasionado de la Historia y alma mater del portal www.historiasdelahistoria.com irrumpe en el mercado del ensayo. Muchas anécdotas maravillosas, grandes colaboraciones y mi humilde prólogo comprenden este libro imprescindible para todos aquellos que no nos quedamos en la superficie de las cosas y disdrutamos de los pequeños detalles que han conseguido transformar el mundo desde la antigua Grecia hasta nuestros días.

Esta es la portada del libro, obra del gran ilustrador Xurxo:


Este es el book trailer que ha hecho otro pedazo de artista llamado Chema Barragán:



Os dejo también el link a la página web de Javier para ver todos los detalles de este fascinante proyecto:


¡Suerte, magister!

domingo, 1 de julio de 2012

Archienemigos de Roma: SIMÓN BAR KOBJA, el verdadero Mesías



Archienemigos de Roma:
Simón Bar Kobja, el verdadero Mesías

Nuestro archienemigo de hoy fue un hombre religioso y patriótico, una verdadera molestia para un Imperio cada vez más helenístico. Su obstinación y sedición provocó una de las represalias más sangrientas de la Historia, además ordenada por un personaje al que el paso del tiempo lo ha catalogado como más un filósofo que un militar.

 No se sabe con exactitud cuando nació Simón ben Kosba (שמעון בן כוסבא), también llamado ben Koziba (בן כוזיבא) en otras fuentes, quien acaudilló la gran rebelión de los judíos contra el Imperio Romano. Su nombre entró en la Historia cuando el Taná Raví Akiva ben Iosef, sabio rabínico y persona influyente del Sanedrín, le concedió el nombre de Bar Kokeba (del arameo “Hijo de una Estrella”, en referencia al versículo bíblico Números 24:17, “Descenderá una estrella de Iacob”) De esta manera, Akiva señaló a Ben Kosba como el auténtico Mesías que liberaría al pueblo judío de sus opresores.

Pero, ¿por qué el tal Akiva avivó una rebelión en toda regla contra las autoridades romanas? La explicación es sencilla: tras la toma de Jerusalén por las tropas del hijo del emperador Vespasiano, Tito, en el año 70, el delicado equilibrio entre gobierno romano y tradición judía que se había iniciado con Herodes se rompió. La ciudad fue ferozmente saqueada, el Templo incendiado y destruido y muchos de los elementos sagrados del culto judío acabaron exhibidas como botín del Flavio durante su Triunfo por las calles de Roma. A la humillación religiosa se unió el casi un centenar de millar entre muertos y esclavos que originó aquella rebelión de los sicarios. El Sanedrín no volvió a reunirse nunca más en Jerusalén, fue desplazado a Yavne y una legión, la X Fretensis, quedó como custodia de la provincia de Judea, con un pretor y no un prefecto como su máxima autoridad. En equivalencia a nuestros días, Roma aplicó en la zona una especie de ley marcial.

 Sesenta años después, el emperador Adriano decidió remodelar de nuevo la vieja ciudad, pero llamándola Aelia Capitolina (Aelia por su nombre, Publio Elio Adriano, Capitolina por el Gran Padre Júpiter) No contento con eso, en su línea de “civilizar” a los primitivos judíos, el emperador promulgó un decreto por el que prohibía expresamente la práctica de la circuncisión, así como el respeto del Sabbat y otras leyes religiosas. Hay que pensar que para un hombre tan “filo helénico” como fue Adriano, la circuncisión no era más que una aberrante mutilación. Nada sabían por entonces los médicos de estadísticas sobre el origen de las infecciones y su estrecha relación con la mortalidad infantil, verdadera razón por la que un prepucio limpio hacía llegar más niños a la madurez. Como último intento de llegar a un pacto, el Raví Akiva encabezó una delegación que se entrevistó con el pretor romano, Turno Rufo, pero éste desoyó la petición de los judíos. La chispa de la sedición estaba prendiendo con fuerza en la siempre díscola Judea...
 Según Dión Casio, la revuelta estalló cuando Turno Rufo decidió mover la VI Ferrata a la capital de Judea para asegurarse una tranquila refundación de Jerusalén como Aelia Capitolina. Corría el año 132 cuando Akiva, indignado por la provocación romana, convocó al Sanedrín y a los elegidos para ejecutar la ansiada rebelión. En aquella reunión secreta, el Raví y sus afines decidieron como levantar la provincia entera sin caer en los errores que Simón Bar Giora cometiese en la revuelta del 60. El nuevo Simón, el presunto Mesías, fue el elegido para ejecutar los planes del Sanedrín: alzó con éxito la ciudad y provincia contra Rufo, aniquilando de paso a la VI Ferrata y a la XXII Deiotariana que pretendía auxiliar al pretor desde su base en Egipto. En muy poco tiempo, Simón bar Kobja controlaba toda la Judea romana ejerciendo de caudillo militar apoyado sin condiciones por la facción más dura del sector religioso.

 La noticia de la rebelión llegó pronto a Antioquía, donde casualmente se encontraba el emperador Adriano. Incapaz de reaccionar con rapidez ante aquella inesperada sedición, necesitó cerca de dos años y medio para movilizar las doce legiones que llegaron desde todo Oriente, incluso desde el Danubio, y ponerlas bajo el mando de un hombre de gran reputación en asuntos militares, Sexto Julio Severo, hasta entonces gobernador de Britania. Mientras tanto, Simón bar Kobja fue proclamado oficialmente “Nasí”, Príncipe de Israel, gobernó como un soberano toda Judea, llegando a acuñar monedas con el lema “Era de la Redención de Israel”. Con la ayuda de su aliado Akiva como líder indiscutible del Sanedrín, quien había reanudado los sacrificios y oficios del judaísmo proscritos por el gobierno de Roma, según pasaban los meses se sentía más fuerte, además de convertirse en un imán para el resto de judíos diseminados por todo el Imperio que volvían a su tierra llamados por la ilusión de su mensaje libertador.

 Pero Roma nunca fue un enemigo cómodo, es más, Adriano heredó de su antecesor la mayor extensión territorial que tuvo el Imperio, por lo que no podía consentir que un sedicioso pueblo sometido desestabilizase la siempre insegura frontera oriental. Severo hizo enseña de su cognomen. Evitando siempre una batalla campal de incierto resultado, en el verano del 135 entraba a sangre y fuego en Jerusalén, con mayor crudeza y brutalidad que en el asalto de las tropas de Tito. El Raví Akiva fue apresado durante la contienda y conducido a Cesárea, base romana desde tiempos de Herodes, donde fue acusado de violar el decreto de Adriano que prohibía expresamente la enseñanza de la Torá. Los carceleros romanos en Oriente nunca se caracterizaron por su indulgencia: Akiva ben Iosef fue torturado con peines de hierro incandescentes que arrancaban la piel a tiras, llamados “uñas de gato”, hasta morir. Es uno de los diez mártires del judaísmo que se sigue venerando hoy en día.
El Incendio del Templo, en el asalto del 70

 Tras la caída de Jerusalén, el “Nasí” y sus más fieles huyeron a la fortaleza de Bethar (Beitar) Por órdenes directas de Adriano, Julio Severo les siguió, les rodeó y tomó Bethar al asalto sin ninguna piedad, propiciando la muerte de todos quienes allí resistían. Así lo recoge el Talmud. Además, tuvieron que pasar diecisiete años para que las autoridades romanas permitiesen enterrar los restos apilados de los rebeldes que quedaron allí como banquete para los buitres. Bar Kobja murió en Bethar, defendiendo su credo y país hasta su último aliento. Como tributo a su coraje, el primer presidente del moderno estado de Israel cambió su nombre auténtico, David Grüm, por David Ben Gurion en homenaje a uno de los aguerridos oficiales que acompañaron hasta la muerte a Simón bar Kobja. No todos los judíos secundaron aquella rebelión. Sus detractores, tanto judíos como “filo romanos”, le llamaron Simón bar Koceba (“el hijo de la mentira”), en burla a su mesiánica obstinación.
 Según Dión Casio, la revuelta de Simón bar Kojba se saldó con 580.000 judíos muertos, así como el asalto de cincuenta ciudades y 985 aldeas. Como hemos visto, en el otro bando tampoco fueron pocas las bajas. Cuando el emperador envió notificación al Senado de su victoria, excluyó la frase protocolaria “Yo y las legiones estamos bien” en consideración a las defenestradas X y XXII.  Además, no hubo triunfo por la gesta de Severo, siendo este el único caso conocido en el que un legado victorioso no reclamase su momento de gloria en las calles de Roma.
El emperador Adriano
 Para evitar nuevas tentaciones, Adriano ordenó la quema de los libros sagrados de los judíos en la colina del Templo, se prohibió la Torá y el calendario judío. En el solar del Templo se erigieron dos estatuas, una de Júpiter y otra suya. La provincia romana de Judea desapareció, integrándose en Syria Palaestina, nombre inspirado en los filisteos, enemigos seculares del pueblo judío. Como humillación final, se prohibió a todo judío entrar en Aelia Capitolina… ¿Quizá fue un hispano, Adriano, quien inició en aquel sangriento verano del 135 la diáspora de los judíos?





martes, 19 de junio de 2012

Archienemigos de Roma: SIMÓN BAR GIORA, el edomita rebelde


ARCHIENEMIGOS DE ROMA:

SIMÓN BAR GIORA, EL EDOMITA REBELDE


Nuestro archienemigo de hoy fue uno de los líderes judíos que se rebelaron contra Roma a finales del principado de Nerón, provocando el mayor desastre físico, humano y espiritual que sufrió Jerusalén en toda la Antigüedad clásica. Su obstinación y fe ciega en su Dios llevó al pueblo de Israel a uno de los episodios más sangrientos de su agitada Historia.

 En el año 66 de nuestra era, siendo por entonces emperador Nerón, Jerusalén, y toda Judea, se alzó contra Roma… Pero, ¿por qué una provincia hasta entonces anodina y tranquila osó desafiar al estado más poderoso de su época? Entendamos las causas: Judea entró en la órbita romana en una de las exitosas campañas de Pompeyo el Grande, en el 63 a.C. Tras la reordenación del Oriente romano, varios regentes títere al gusto de la República, estilo Herodes el Grande y su inoperante descendencia, gobernaron la provincia bajo la supervisión de un prefecto romano, dejando a los judíos un presunto autogobierno que mantuviese sus tradiciones, siempre y cuando se aportasen regularmente los tributos fijados para la provincia. Aquel tenso equilibrio entre tolerancia religiosa y aceptación política se truncó en la Pascua del año 66. Según nos ha dejado en sus crónicas Flavio Josefo, historiador judeo-romano partícipe en este relato, los motivos de la revuelta fueron la realización de un sacrificio a los dioses ante la Sinagoga de Cesárea, importante ciudad portuaria de Judea con numerosa población de origen griego, el latrocinio de diecisiete talentos de oro destinados al Templo por parte del procurador Gesio Floro y, quizá por ello, la decisión del mantenedor de éste, el hijo del Sumo Sacerdote llamado Eleazar ben Hanania, de no realizar ningún sacrificio más en él en honor al emperador.
Jerusalén en el siglo I
 Ante la inminencia del estallido de la revuelta, el timorato Herodes Antipas II y su esposa Berenice huyeron de Judea, buscando refugio en Siria, bien pertrechada con los efectivos que Gayo Cestio Galo, legado del emperador en dicha provincia, estaba reuniendo en la costa dispuesto a atajar la sublevación. Tras unos tempranos éxitos militares de Galo en el valle de Jezreel, se vio incapacitado para tomar Jerusalén con solo la XII Fulminata. Mientras se retiraba para afianzar posiciones, fue sorprendido por Eleazar ben Simón en Beth-Horon. La matanza fue importante, pues prácticamente Galo perdió todos sus efectivos, unos 6.000 hombres más su impedimenta, teniendo que huir ignominiosamente entre cerros y barrancos hasta llegar a Antioquía. Los dioses le privaron de rendir cuentas a Nerón por aquel desastre, pues murió en Siria muy poco después, siendo sustituido en el cargo por Gayo Licinio Muciano.

 Cuando las noticias de aquel descalabro llegaron a Roma, Nerón optó por encargarle el asunto a uno de sus más eficientes legados, Tito Flavio Vespasiano, el futuro emperador, quien aglutinó bajo su mando a los restos de la XII Fulminata más la V Macedonica, X Fretensis y la XV Apolinaris. Entre regulares y auxiliares, Vespasiano movilizó un montante de cerca de 60.000 hombres. Entrando en la provincia por el norte, pronto eliminó toda resistencia con semejante rodillo humano. Su avance arrollador forzó que dos hombres reñidos por asuntos internos judíos, Yohanan ben Levi, más conocido como Juan de Giscala, líder de los zelotes, y Simón bar Giora, líder de los sicarios, se replegaran hacia Jerusalén, confiando en resistir en su ciudad santa hasta el aliento final. Ambos eran unos auténticos fanáticos. Juan de Giscala encabezaba a los zelotes, enemigos acérrimos de todo lo extranjero y, por tanto, enemigos públicos del pretorio romano. Por su parte, Simón bar Giora lideraba a los sicarios junto a otros asesinos conjurados como Eleazar ben Jair, el posterior héroe de Masada, dispuestos a matar a todo judío que no se adhiriese voluntariamente a sur revuelta. Incluso el propio Talmud recoge como bloquearon los suministros de la ciudad para forzar a la población a sumarse a su revolución en vez de negociar la paz con los romanos.

 Lo que no podían imaginarse Simón bar Giora y los suyos era que el estallido de una guerra civil en Roma paralizaría la campaña de Vespasiano. Tras la muerte violenta de Nerón, se sucedieron disturbios importantes en la ciudad, llegando a ocupar brevemente la púrpura hombres oscuros y de pocos escrúpulos como Otón y Vitelio hasta que, en el 69, fue Vespasiano quien prevaleció entre todo aquel embrollo de intrigas e intereses. Por dicha causa, el nuevo emperador dejó a su hijo Tito en Judea a cargo de sofocar la revuelta. Una ardua tarea para un joven de veintinueve años…
Esquema del sitio de Jerusalén

 Ante la imposibilidad de tomar al asalto una ciudad tan grande y bien defendida, Tito optó por cercarla, colocando sus cuatro legiones alrededor de ella e impidiendo a los centenares de peregrinos circunstanciales que se encontraban allí durante la Pascua poder salir de la ciudad. Pensó que así habría más bocas intramuros que forzasen una rendición pactada. No salió así. El dios vengativo de los judíos no entendía de misericordia. Miles de personas murieron en Jerusalén víctima del hambre y las enfermedades, mientras Simón Bar Giora y los suyos mantenían a raya tanto a los romanos como a sus paisanos que asistían petrificados a cada represalia de los zelotes, llegando a echar desde los muros a toda persona que se mostrase propensa de llegar a un acuerdo con los romanos. El terror se apoderó de la ciudad. Mataban tanto los fanáticos como la inanición, como le sucedió al codicioso sumo sacerdote Ananías, proclive a pactar un armisticio en el que no peligrase su fortuna. Sacándole de su escondrijo, fue ajusticiado por los zelotes sin el mayor miramiento. Tito seguía esperando; la guarnición de Jerusalén rondaba las 25.000 personas, una parte bajo la autoridad del zelote Eleazar ben Simón ocupando la Torre Antonia, otra parte bajo el sicario Simón bar Giora y una tercera parte de corte idumeo bajo el control directo de Juan de Giscala. Todo intento de asalto pasaría siempre por tomar primero la Torre Antonia: era una fortaleza imponente, levantada por Herodes el Grande en honor de su benefactor, Marco Antonio, de ahí su nombre.  Mientras los judíos se descomponían en sus cuitas internas, Tito sacaba a sus cuatro legiones a formar ante los muros, atemorizando con su poderío a los centinelas.
Flavio Josefo
 Tratando de buscar una solución incruenta a la situación, el joven legado recurrió a los servicios de Yosef bar Mattityahu, quien adoptó posteriormente el nombre de Flavio Josefo en honor al nomen de sus protectores. Era éste un judío pro-romano, muy odiado por los elementos más radicales de la revuelta por su colaboración con Vespasiano tras la toma de Galilea, donde salvó su vida al predecirle que sería emperador. El caso es que Josefo entró como parlamentario en Jerusalén y les dijo a Simón bar Giora y Eleazar bar Simón:

«Que se salven ellos y el pueblo, que salven a su patria y al templo» (Guerra de los judíos V, 362); «Dios, que hace pasar el imperio de una nación a otra, está ahora con Italia» (Guerra V, 367); «Nuestro pueblo no ha recibido nunca el don de las armas, y para él hacer la guerra acarreará forzosamente ser vencido en ella» (Guerra V, 399); «¿Creéis que Dios permanece aún entre los suyos convertidos en perversos?»


El incendio del Templo de Salomón
 Un exaltado le disparó un flechazo como respuesta a su ofrecimiento de rendición, y tuvo que ser atendido de la herida de vuelta al campamento romano. Viendo lo inútil de tratar de llegar a un acuerdo con los judíos, y más después de un contrataque que por poco no le costó la vida a él mismo, Tito pasó a la acción. En el verano del 70 desplegó un asedio proactivo de tal magnitud que llegó a derrumbar la Torre Antonia mediante zapas. Simón bar Giora y sus acólitos defendieron como lobos calle a calle, palmo a palmo, en una lucha lenta y cruenta. Primero cayó la ciudadela y, poco después, el Templo fue engullido por las llamas a causa de un tizón que un legionario echó allí por casualidad. El incendio del Templo de Salomón supuso el punto sin retorno del asalto. Era un tórrido día de finales de Agosto, fecha todavía recordada amargamente por todos los judíos. Las llamas se propagaron a otras barriadas de la ciudad y las legiones tuvieron paso expedito para eliminar los focos de resistencia encabezados por Eleazar ben Simón, quien murió matando, y controlar toda la ciudad. Se considera el 7 de Septiembre como fecha en la que Jerusalén quedó completamente pacificada.

Detalle del Arco de Tito

 El Senado quiso otorgarle al joven Tito una corona por su victoria, pero éste la rechazó diciendo: "no hay mérito en derrotar un pueblo abandonado por su propio Dios". El resultado de la revuelta fue devastador. Según citó Josefo, cerca de 1.100.000 judíos murieron en los cuatro años de guerra, además de los  97.000 que acabaron como esclavos. Todos los elementos sagrados del judaísmo, como la Mesa de Salomón o el Candelabro de los Siete Brazos acabaron en el desfile triunfal del futuro emperador, comenzando una ruta legendaria cuya pista se perdió tras la conquista árabe de Hispania. No solo se exhibieron tesoros, Juan de Giscala y Simón bar Giora también desfilaron en el Triunfo; el primero murió en las mazmorras, mientras que su compañero de revuelta tuvo un final más rápido y sencillo. Al final del pasacalle, lo despeñaron desde la Roca Tarpeya, el lugar ancestral desde el que se ajusticiaba a los peores enemigos de Roma.


viernes, 15 de junio de 2012

Archienemigos de Roma: RETÓGENES, el numantino


Archienemigos de Roma:

RETÓGENES, el numantino

Vigésimo octava entrada de esta serie en www.historiasdelahistoria.com


Nuestro archienemigo de hoy no fue un gran caudillo militar, o un héroe admirado y loado, fue un joven guerrero, un elemento más dentro de la feroz resistencia que una sola ciudad opuso a la máquina militar mejor engrasada del mundo antiguo: Numancia. Sirva este artículo como homenaje no solo al joven Retógenes, sino a los dos mil quinientos numantinos que, todos a una como la posterior Fuenteovejuna, no dieron su brazo a torcer ante el invasor romano.
 Entremos en contexto. Numancia. Solo mentar aquella pequeña y terca ciudad de Hispania en el foro de Roma provocaba sarpullido. Los hijos de los grandes hombres, en vez de alistarse para ganar fama y prestigio en su cursus honorum, trataban de eludir sus compromisos militares con tal de no acabar enrolados en el siguiente ejército que partiría hacia la indómita frontera hispana. Durante casi veinte años, las tribus celtíberas y arévacas se mantuvieron en clara hostilidad frente a Roma, desafiándola y ocasionándoles a los cónsules encargados del asunto derrotas y humillaciones como la de G. Hostilio Mancino que, como castigo por haber pactado con el enemigo, acabó desnudo ante los muros de Numancia. Aquel cúmulo de desastres perduró hasta que el Senado se hartó de aquella situación estancada y decidió encargarle al más prestigioso militar del momento, el flamante conquistador de Cartago, que atajase el problema hispano definitivamente.
  En el 134 a.C., Publio Cornelio Escipión Emiliano, nieto adoptivo del Escipión el Africano que tan bien nos ha recreado últimamente Santiago Posteguillo, tomó las riendas del asunto. Una vez ratificado en su cargo, y modificado el calendario para poder acometer el proyecto dentro del año que duraba el mismo, equipó 4.000 voluntarios con su propia pecunia, formando su “cohorte de amigos” con los más afines de ellos. El Senado le negó fondos para tan arriesgado proyecto, pero Escipión, con desprecio según nos dejó Plutarco, les dijo que “le bastaba el suyo y el de sus amigos”. Cuando llegó a Numancia no entró de inmediato en combate con los obstinados numantinos. Tenía mucho trabajo por delante que hacer con sus propios hombres, cuya disciplina brillaba por su ausencia tras años y años de falta de liderazgo. Empezando por expulsar del campamento a las concubinas, rameras, adivinos, buhoneros y demás parásitos del ejército que convivían con los legionarios, les aplicó marchas y maniobras con severidad, devolviéndoles a las legiones su condición de ejército. Uno de los tribunos destinados en Hispania mostró tanta entrega en recuperar la moral de las tropas que Escipión le condecoró. Se llamaba Gayo Mario. Estando en aquellas cuitas, llegó su aliado númida, el rey Yugurta, con 15.000 hombres y 20 elefantes. Aun así, sabía que no era suficiente.

Guerrero numantinos
 Siempre he sostenido que el arma letal del ejército romano no fue el pilo, sino la pala, así como que sus mejores generales fueron verdaderos artistas en el diseño de fortificaciones y asedios, como demostró Escipión en Numancia y replicaría un siglo después César en Alesia. Escipión, contando ya con cerca de 60.000 hombres frente a los 2.500 insurgentes, decidió no probar fortuna en un asalto de incierto resultado y cercar férreamente Numancia y reducirla por hambre y sed. Para ello se valió de una alta empalizada, fosos, un dique en el Duero y siete campamentos fortificados alrededor del collado en el que se levantaba la ciudad, muchos de ellos descubiertos por el hispanista alemán Adolf Schulten durante sus campañas arqueológicas realizadas entre 1905 y 1914.

 Durante el largo sitio de Numancia es cuando el joven arévaco aparece en la Historia. Según nos dejó Apiano, el hambre ya apretaba y, quizá por orden del Consejo, un pequeño grupo de cinco guerreros capitaneado por el tal Retógenes burló el cerco romano valiéndose de unas ingeniosas escalas y buscó entre las ciudades vecinas apoyos para poder mantener las espadas en alto. Apiano habla de que huyeron a caballo, pero dudo que cinco jinetes hubiesen saltado la empalizada romana, y menos que no se los hubiesen comido tras muchos meses de cerco a base de una jugosa dieta de pan de bellotas y cuero hervido.


 Los Consejos de Termes (Montejo de Tiermes) y Uxama (Burgo de Osma) le dieron calabazas y solo la juventud guerrera de Lutia (quizá Luzaga) les acogió como héroes y les prometió ayuda. Uno de los errores más comunes heredados de la educación de otros tiempos, y que sobrevive en algunos esperpentos televisivos ambientados en los nuestros, es pensar en una Iberia unida frente al invasor romano. Esa imagen idealizada del indígena confederado ante la potencia extranjera es completamente falsa. Ninguna ciudad apoyaba a la vecina per se, pues cada etnia o ciudad de la vieja Iberia velaba por sus propios intereses, con o contra Roma. Sirva este macabro ejemplo como prueba de ello: el propio Consejo de los Ancianos de Lutia, temeroso de las represalias del inflexible Escipión en cuanto se supiese la insurrección de los jóvenes, decidió anticiparse a los hechos y avisar a los romanos de las intenciones de sus impetuosos guerreros. La reacción de Escipión fue implacable. Las tropas romanas entraron en Lutia por sorpresa, antes de que la leva se movilizase, capturando a los jóvenes numantinos y sus nuevos aliados lutiakos. El castigo fue tan explícito como ignominioso: 400 jóvenes guerreros perdieron aquel día su mano derecha, inhabilitándolos para levantar su espada contra Roma… y poder morir en un combate honroso. No se sabe si Retógenes fue uno de aquellos 400 mutilados, pero es muy probable de que así fuese. Nada más se supo de él.
El fin de Numancia

 Numancia cayó el 133 a.C. Tras la infructuosa y postrera embajada del consejero Avaros, en la que Escipión no aceptó ningún trato de favor en caso de pactar la rendición, sus indómitos habitantes prefirieron el efecto del tejo, el fuego o el hierro antes de acabar comiéndose unos a otros o cargados de cadenas arrodillados frente a aquel arrogante legado romano. Solo unos pocos desfilaron en el triunfo de Escipión Emiliano por las calles de Roma, desde entonces también llamado Numantino, y el resto fueron vendidos como esclavos. Tras la caída de Numancia, toda la Celtiberia se mantuvo en paz hasta que, setenta años después, un caballero tuerto e idealista incendiase Hispania en su rebelión contra la tiranía de Sila: hablamos de mi querido Quinto Sertorio.
Para ver el artículo original:


martes, 8 de mayo de 2012

Archienemigos de Roma: CNIVA, el "emperadoricida"



CNIVA, el "emperadoricida",



Vigésimo séptima entrega de “Archienemigos de Roma“

Mi última colaboración en www.historiasdelahistoria.com


 Nuestro archienemigo de hoy es otro bravo bárbaro del norte olvidado intencionadamente por la propaganda imperial de su época, pues suyo fue el terrible honor de haber sido el primero en derrotar y dar muerte a un emperador romano en el campo de batalla. Poco más nos ha llegado sobre el resto de su vida y obra, pero sí mucho del turbio contexto histórico que abocó en su rotunda victoria.


Prácticamente nada se sabe del origen de Cniva; su nombre le evidencia su origen godo (Kniwa, significa en esa lengua cuchillo, de ahí podría proceder el anglosajón knife), y su aparición en la Historia viene derivada de la primera vez que su pueblo cruzó el limes danubiano dispuesto a saquear la provincia romana de Moesia. Procedentes del Báltico, probablemente del sur de Suecia, este pueblo germánico llegó a ocupar buena parte de la Dacia romana antes de atreverse con aquel objetivo tan suculento. Las fuentes históricas de origen griego nos hablan de que Cniva acaudillaba una coalición “escita”, afirmación entendible en su contexto pues este rey godo estaba a la cabeza de una soberbia migración multiétnica en la que, a buen seguro, también había vándalos asdingos, sármatas, bastarnas e incluso algunos desertores romanos, quienes serían sus guías en tierras desconocidas. El término escita no es estrictamente correcto para definir a todos estos bárbaros del noreste; se debe a que, para muchos historiadores del momento, todos aquellos pueblos más allá de los Cárpatos eran considerados como escitas, aludiendo a los legendarios jinetes arqueros de las estepas euroasiáticas.

Decio
 De quien sí que sabemos mucho más es del que fue su adversario. Gayo Mesio Quinto Decio, nacido en Budalia, Iliria (Martinci, Serbia) en el 201, llegó a la más alta dignidad imperial en el 249 de nuestra era. Gran admirador del primer emperador hispano desde sus años como gobernador de la Tarraconense, adoptó el nombre de Decio Trajano en cuanto fue investido como emperador por el Senado. Claramente dispuesto a recuperar la maltrecha situación del Imperio, se dispuso a reformar el estado para sacarlo de la profunda crisis en la que estaba sumido. Persiguió a los cristianos con encono, siendo considerado por la Iglesia como “un feroz tirano”. De mentalidad parecida a Trajano, y a los posteriores Aureliano y Juliano, estaba convencido de que el cristianismo era un cáncer para el Imperio y de la absoluta necesidad de volver al culto de los dioses patrios. Pero, por desgracia, Roma no sólo tenía problemas internos. Su antecesor en el trono, el débil Marco Julio Filipo, Filipo el Árabe, había resuelto el problema godo pagando ingentes tributos a cambio de paz. Cniva y los suyos entendieron que dicho tratado expiró con su valedor, pues éste murió en Verona en el 249 en combate frente al nuevo césar proclamado por las legiones, Decio, así que en la primavera del 250 los godos cruzaron el Danubio en Novae (Svishtov, Bulgaria), tomándola al asalto y asolando después media Moesia a su paso. Esta situación tan complicada obligó al nuevo regente del Imperio a dejar aparcado su programa reformista, ponerse al frente de las legiones y marchar hacia el Danubio dispuesto a atajar el problema godo.
Nicopolis Ad Istrum
Los bárbaros tenían Nicopolis ad Istrum (Nikyup, Bulgaria) cercada cuando las enseñas imperiales aparecieron en lontananza, sorprendiendo a los sitiadores. Cniva, no dispuesto a presentarle batalla al emperador en aquel terreno desfavorable, levantó el sitio de forma atropellada y se replegó hacia Philipolis (Plovdiv, Bulgaria) rodeando el monte Haemus. La treta de Cniva fue digna de un gran estratega, pues fue Decio el sorprendido unos días después en Augusta Traiana (también conocida por Beroë, es la actual Stara Zagora, Bulgaria) cuando los godos asaltaron su campamento, lo saquearon y dispersaron a las legiones. Era la primera vez que un emperador romano huía de un caudillo bárbaro, un peligroso precedente que empeoraría durante aquella misma campaña.

 El desconcierto en las filas romanas fue utilizado simultáneamente tanto por el enemigo bárbaro como por el adversario político de Decio. Al inicio del verano del 251, Cniva ordenó tomar al asalto Philipolis con suma crueldad. Miles de ciudadanos fueron violentados y esclavizados o asesinados durante el severo pillaje. Mientras tanto, el hermano de Filipo el Árabe, Gayo Julio Prisco, se hizo proclamar emperador en la vecina Tracia. El problema de aquel inoportuno usurpador se resolvió solo, pues Prisco fue asesinado poco después, pero el feo asunto godo no parecía tener tan fácil solución.


 Decio, horrorizado y encorajinado por los testimonios de los pocos supervivientes que pudieron escapar del horror de Philipolis, reagrupó sus tropas frente aquella ciudad, tratando de envolver a Cniva. El caudillo godo, sabedor de la dificultad de mantener un asedio con hombres cansados dentro de una población masacrada y sin víveres, optó por retirarse con el ingente botín de guerra y los nobles cautivos hacia un lugar que le permitiese tener camino expedito al Danubio, dividiendo su ejército en pequeños grupos difíciles de apresar por su gran movilidad. Decio les siguió, metiéndose él mismo si ser consciente de ello en una trampa letal. El lugar en el que Cniva decidió que había llegado el momento de reunirse y combatir fue un paraje cenagoso en la Ludogorie (“la región de los bosques salvajes”, en la mesera de Dobruja, actual Bulgaria nororiental), cerca de la pequeña población de Abrittus, también conocida como Forum Terebronii (a un kilómetro de la actual Razgrad) El rey godo conocía muy bien el terreno, aventajando en ello a su adversario. Este lugar insignificante próximo a un espeso pantano de Moesia estaba a punto de pasar a la Historia.

Lugar donde ocurrió la batalla de Abrittus (Razgrad, Bulgaria)
 Hay disparidad de fechas según las fuentes consultadas, desde la segunda semana de Junio a mediados de Agosto, aunque la más referida es el primero de Julio del 251. Fuese cuando fuese, los hombres de Cniva, muy probablemente hambrientos y desesperados, se enfrentaron con las legiones comandadas por el emperador Decio en aquella inmensa ciénaga de Abrittus. Cniva dividió su ejército en tres partes, ocultando la más numerosa de ellas en el pantano. Según Jordanes, al inicio de la batalla, Herenio Etrusco, el hijo del emperador, fue alcanzado por una flecha, con tan mala fortuna que le causó la muerte. Como gesto de entereza para alentar a sus hombres, se dijo que su propio padre exclamó:

Que nadie llore; la muerte de un soldado no es gran pérdida para la República.
 Quizá alentados por el coraje del emperador, quizá obcecados en una lucha atípica para la férrea disciplina militar romana, o quizá atraídos por la artimaña de Cniva de aparentar debilidad cuando el grueso de su ejército permanecía esperando agazapado en aquel lodazal, el ejército imperial se fue empantanando más y más en aquella charca de Abrittus, engañado por su temprano éxito, y acabó combatiendo entre el barro hasta que la treta del godo invirtió el equilibrio. El ejército romano fue totalmente aniquilado. El emperador Decio murió junto a sus hombres en aquella desastrosa batalla. Con estas palabras lo reflejó el historiador Sexto Aurelio Víctor:

… Decio, mientras perseguía a los bárbaros al otro lado del Danubio, murió por traición en Abrito después de reinar dos años… Muchos cuentan que su hijo cayó en batalla mientras dirigía un ataque demasiado audazmente; el padre, en cambio, había afirmado enérgicamente que la pérdida de un soldado parecía demasiado insignificante para preocuparse. Y así siguió con la guerra, y murió de manera parecida mientras peleaba enérgicamente…
 Y así lo describió años después Lucio Celio Lactancio, historiador cristiano y, por lo tanto, enemigo de la memoria y valentía del emperador pagano:

…fue repentinamente rodeado por los bárbaros, y le mataron, junto con gran parte de su ejército; no pudo ser honrado con los ritos de la sepultura, sino que, despojado y desnudo, yació para ser devorado por las fieras salvajes y las aves, un final adecuado para el enemigo de Dios…
 La presunta traición que mentaron Aurelio Víctor o Zósimo en sus crónicas de este infame episodio de la Historia de Roma se basó en rumores malintencionados que atribuían la muerte de Decio a una conspiración secreta entre su legado Gayo Vivio Treboniano Galo y los godos, felonía que nunca se pudo demostrar. Su inmediata adopción de Gayo Valente Hostiliano, el segundo hijo de Decio, de apenas un año de vida y heredero tácito de la púrpura imperial, pone en contradicción semejantes y aviesos planes, así como que los mismos legionarios supervivientes encumbrasen como nuevo emperador al autor de tamaña catástrofe si era sospechoso de haber causado tantas muertes entre los suyos. De todos modos, la peste bubónica que asoló Roma un año después se llevó al chico, y con él las sospechas de una posible usurpación.

 Como artífice de la masacre de Abrittus, Cniva entró en la Historia como el primer rey godo en enfrentarse a las legiones dentro del limes, vencerlas y ser verdugo de un emperador de Roma. Decio fue el primer emperador en morir al frente de sus tropas durante una batalla, algo tan deplorable para un Imperio que comenzaba a agotarse moral y económicamente que, quizá a causa de esta ignominia, o a raíz de otras calamidades que sobrevinieron después, sobre los Decii cayó una damnatio memoriae. Treboniano Galo no tuvo más remedio que pactar con Cniva un enorme tributo compensatorio antes de tener que cederles territorio romano. Nada más se supo de él. A su muerte siete años después de la batalla de Abrittus, su pueblo se dividió en dos grandes grupos, los godos del Este (Ostrogodos) y los del Oeste (Visigodos)
 El intrépido rey Cniva había abierto un camino sin retorno para otros caudillos bárbaros venideros: Roma no era invencible, sus emperadores también podían morir en combate y las provincias del Imperio quizá pudiesen ser sus nuevas tierras…



miércoles, 18 de abril de 2012

Archienemigos de Roma: TACFARINAS, el rebelde del Sáhara


Archienemigos de Roma:

TACFARINAS, el rebelde del Sáhara


Mi última colaboración en www.historiasdelahistoria.com


 Nuestro archienemigo de hoy fue un hombre indomable, un apasionado defensor de la libertad de sus tierras agrestes frente al codicioso invasor, un líder nato que mantuvo en jaque a las guarniciones romanas hasta que el mismo emperador Tiberio ordenó que fuese eliminado para siempre. En el largo tiempo que duró el mundo romano, no recuerdo a ningún otro caudillo tribal que acaparase la atención de cuatro diferentes procónsules, y menos que tres de ellos celebrasen su triunfo en las calles de Roma por vencer a un enemigo al que, en realidad, no habían vencido.

 Comencemos por el principio… ¿Quién fue Tacfarinas? Su nombre latinizado procede del original en bereber, Tikfarin. Por las escasas fuentes clásicas que abordan su rebelión, principalmente Tácito en sus Anales, se deduce que no procedía de familia noble o acaudalada. Como muchos otros jóvenes musulani, una de las tribus nómadas de la Numidia pre-sahariana, acabó enrolándose como un jinete auxilia más de las legiones. Ya en tiempos de los Barca, la mejor caballería ligera de la Antigüedad procedía de las estepas norteafricanas: getulos, númidas y garamantes nutrían las alas de las legiones desde la Segunda Guerra Púnica.


Uno de los oasis libios
 Pero… ¿Cómo este hombre anodino levantó durante años en contra de Roma tan vasto territorio? Desde la caída de Cartago, el norte de África siempre fue un bocado muy apetitoso para Roma, tan codiciado como posteriormente explotado. Nuestro subconsciente nos lleva a pensar en el sur de Marruecos, Argelia, Túnez y Libia como lugares desolados, semidesérticos, parajes olvidados por el hombre y los dioses, pero en tiempos de los Escipiones, o de Augusto en este caso, no fueron así. Lo que Roma llamó África Proconsular o Nova, que hoy correspondería más o menos con Túnez y el este de Argelia, fue el principal granero del Mediterráneo occidental. El territorio tenía más población que Britania por aquel tiempo, rondando el millón y medio de habitantes. Entre Sicilia, Egipto y África producían suficiente trigo para mantener a todo el Imperio. La desertización severa de estas tierras proviene de la baja Edad Media. El mundo sufrió un empeoramiento climático muy serio en aquellos tiempos, el norte se enfrió tanto que forzó a los pueblos germanos del Báltico a buscar el calor de las tierras meridionales, mientras que un calor extremo en África acabó desecando las estepas de Libia y Argelia. Las descripciones de los geógrafos griegos y romanos de estos territorios nos hablan de regadíos, olivos y trigales, donde hoy solo encontramos oasis y arena.


 Quizá la falta de una presión sistemática en la indeterminada frontera del sur hizo que, después de la exitosa expedición de L. Cornelio Balbo, gaditano y procónsul de África, contra los garamantes en el 19 a.C., sólo una legión controlase tan vasta zona, la III Augusta, acampada cerca de Theveste (Tébessa, Argelia) Las explotaciones latifundistas de finales de la República se expandieron inexorablemente por las tierras de pastoreo que sostenían a los nómadas, obligándoles a replegarse cada vez más al seco sur. Esta sumisión a los terratenientes o desplazamiento forzoso provocó innumerables pequeños conflictos, como el solventado por Balbo, que se saldaron con más de cinco mil victimas indígenas tras las sucesivas represiones romanas.


Ruinas de la antigua base de la III Augusta
 La codicia y crueldad de los diversos gobernadores ayudaron a gestar el escenario perfecto para una rebelión a gran escala. La chispa saltó desde las propias filas de los auxilia. Después de pasar años de servicio a Roma, Tacfarinas desertó. Quizá fue por una decisión impulsiva ante alguna injusticia, quizá porque su plan de insurgencia estaba ya maduro. Esto sucedió en el 15 d.C.; Tiberio llevaba solo un año como sucesor del largo y “pacífico” mandato de Augusto y, según mi hipótesis personal, estoy seguro de que hasta África habrían llegado las noticias del desastre de Teutoburgo y la muerte de Varo sus tres legiones a manos del germano Arminio, otro auxiliar nativo como él que había decidido cambiar de lealtades y vengarse de las afrentas de Roma, hecho sucedido tan solo seis años antes de su deserción. El caso es que pronto sus paisanos musulami le dieron pleno apoyo, creando con su experiencia de combate bajo las Águilas una banda de salteadores profesionales que comenzó a hostigar los intereses de Roma en la región. No estaba solo en aquellos páramos. Otro caudillo local, el mauro Mazippa, juntó fuerzas con él, pues éste régulo tribal mantenía su disputa personal con el rey títere de Mauritania, Juba II, amigo personal de Augusto y regente de aquel reino cliente. Mientras Tacfarinas organizó a su infantería al estilo romano, Mazippa se encargó de crear un cuerpo de caballería formidable con el que dar cobertura a su colega y mil quebrantos de cabeza al procónsul de África.

 El gobernador en cuestión, Marco Furio Camilo, harto de las airadas protestas de los latifundistas cuyos campos eran saqueados en las recurrentes razias de Mazippa, movilizó en la primavera del 17 a la III Augusta y sus cuerpos auxiliares, en total cerca de 10.000 hombres, dispuesto a presentarle batalla al númida rebelde. El enfrentamiento se saldó a su favor, huyendo Tacfarinas hacia el desierto tras ser derrotado por la férrea infantería pesada de las legiones. Camilo se ganó un triunfo, pero el problema no se conjuró, tan solo se aplazó.
Poco después de que el tal Camilo celebrase su victoria entre vítores y aplausos, Tacfarinas volvió a la carga, continuando con su estrategia de guerrillas, tan típica en tierras africanas e hispanas. Las protestas continuaron y el siguiente procónsul para el 18, Lucio Apronio, se vio forzado a remprender la campaña contra los insurgentes. Tacfarinas se envalentonó tras realizar varias incursiones relámpago con mucho éxito, tanto como para poner sitio a un campamento junto al río Pagyda en el que una cohorte de la III Augusta permanecía fortificada. Un centurión llamado Decrio era el primus pilus al mando de aquel contingente y, según nos lega Tácito, “consideró vergonzoso que los legionarios romanos se sintiesen asediados por una chusma de desertores y vagos”. Decrio dirigió una salida dispuesto a romper el cerco, acción que fracasó debido a la superioridad numérica de los númidas. El valiente centurión, herido de flecha en un ojo y varias partes más de su cuerpo, les ordenó a gritos a sus hombres seguir avanzando, pero aquellos, atemorizados por la fiereza de los indígenas, le dejaron morir solo y se retiraron al resguardo de los muros de su fortín. Tacfarinas, apremiado por la llegada de Apronio y los refuerzos, levantaron el cerco, pero el procónsul, cuando liberó el fuerte y supo de la conducta ignominiosa y cobarde de aquella cohorte, ordenó que se aplicase el peor castigo disciplinario del ejército romano: el diezmo. Uno de cada diez hombres murió apaleado por sus propios compañeros…


 El escarmiento del río Pagyda resultó un estímulo implacable para las tropas romanas. Poco después, la III Augusta se enfrentó a Tacfarinas en Thala (Túnez, el mismo lugar donde fue vencido 120 años antes otro númida memorable, Yugurta), derrotando de nuevo a las tribus indígenas a campo abierto. Esta victoria romana le hizo confirmar a Tacfarinas su enorme dificultad de vencer según las normas de la guerra convencional a una legión romana, obligándole a seguir insistiendo en su plan de guerrillas que tan buen resultado le había dado hasta aquel momento. Para mayor cúmulo de desgracias, durante su repliegue hacia la costa fue sorprendido por un destacamento comandando por el hijo del procónsul, L. Apronio Cesanio, escaramuza de la consiguió escapar y refugiarse en los Montes Aurès, pero a costa de que el joven tribuno se apoderase de todo el botín de guerra que había amasado tras tres años de correrías. Apronio padre lo exhibió por las calles de Roma en el triunfo que el Senado le concedió por semejante hazaña. De nuevo, el problema estaba parcialmente resuelto… pero solo parcialmente.

 Poco después de dicho triunfo, Tacfarinas envió un embajador a Roma, dispuesto a entrevistarse con el mismísimo Tiberio y reclamarle tierras para él y los suyos dentro de la provincia a cambio de un armisticio total. La misiva, más que una oferta de paz, era un chantaje, pues Tacfarinas advertía al emperador de que, de no aceptar dicho acuerdo, mantendría sus hostilidades de forma permanente en una guerra sin fin contra Roma. La oferta del númida era seria, pero Tiberio estalló en cólera cuando la escuchó. Tácito recoge en sus Anales que el emperador, cuya cordura y estabilidad emocional empeoró, y mucho, con la edad, dijo:

Ni siquiera Espartaco se atrevió a enviar mensajeros

 El enfado de Tiberio, ultrajado de que un apestoso desertor de las legiones, para él un infame bandido, le tratase como a un igual, proponiéndole pactos de estado, le hizo no escatimar recursos para aniquilar a semejante energúmeno de una vez por todas. Obviamente, la oferta fue rechazada y el emperador encargó al Senado la elección de un comandante capaz que solventara tan feo asunto. El elegido fue el tío de Lucio Aelio Sejano, la “siniestra” mano derecha de Tiberio, llamado Quinto Junio Bleso, un veterano de las legiones con experiencia en gobernar provincias conflictivas como Panonia. Además de la III Augusta instalada en África, Bleso se llevó consigo la IX Hispana y la XV Cohors Voluntariorum desde el limes del Danubio. Entre las dos legiones, la cohorte y sus auxilia, Bleso aunó cerca de 20.000 hombres en su aventura africana. Su primera disposición fue sencilla: el perdón indiscriminado para quien desertara de la revuelta, para todos menos para uno: Tacfarinas. El nuevo procónsul, contando con el doble de efectivos que sus dos antecesores, cambió de estrategia. No buscó un combate campal en el que vencer sin exterminar a los rebeldes, sino que partió sus fuerzas en tres columnas que se adentraron en tierras númidas por tres lugares diferentes, creando un enjambre de fortines permanentes con el que cortarles los movimientos a los insurgentes. La táctica de acoso y cerco dio su fruto. En el 22 hubo nuevos enfrentamientos, el hermano de Tacfarinas fue apresado y la disidencia popular se disolvió como una tempestad de arena. Después de retirar sus tropas durante el invierno, Bleso volvió a Roma en la primavera del 23 y tuvo su triunfo, el último otorgado a alguien no perteneciente a la familia imperial; Tiberio quedó satisfecho pero, de nuevo, el problema quedó sin resolver.

Juba II
El nuevo procónsul del 24, Publio Cornelio Dolabela, se encontró con la triste realidad. Tacfarinas seguía pululando por el vasto territorio fronterizo que se extendía en el límite sur de la provincia, arropado por un ejército de disidentes, y los saqueos y correrías se seguían produciendo con absoluta impunidad. Tiberio y Bleso habían pecado de optimistas y no se habían detenido a pensar que la gran fuerza del líder rebelde residía en la inmensidad del desierto y sus correosos moradores. No sólo contaba entre sus filas a los prófugos libios, númidas o africanos, sino también colaboraban con él grupos de getulos y garamantes del árido sur, etnias antepasadas de los actuales tuaregs. Hasta los mauros descontentos con el servilismo del joven y filo-romano rey Ptolomeo, el heredero de Juba II, se pasaron a la causa númida. Atacaban y desaparecían en las arenas antes de que las guarniciones romanas pudiesen reaccionar. Las cohortes todavía no usaban camellos en aquella época y adentrarse en el inhóspito interior de Libia suponía una aventura fuera del alcance de un procónsul, por muy intrépido que fuese. Para mayor impulso de la revuelta, la salida de la IX Hispana de África fue usada por la propaganda númida como acicate para sumar efectivos, argumentando que los graves problemas del Imperio en el lejano norte les obligaban a sacar sus tropas de África. Había llegado el momento de liberar Numidia del yugo romano.

Guerreros númidas
Toda esta coyuntura hizo que Tacfarinas se entusiasmara mucho más y pusiese sitio a la plaza de Thubuscum (Khamisa, Argelia), pero la rápida intervención de Dolabela desarticuló el asedio, provocando una nueva derrota indígena ante la disciplinada infantería de la III Augusta. El procónsul, más hábil que sus antecesores, no dio su sencilla victoria como definitiva hasta no capturar al líder rebelde y emprendió en persona su persecución. Valiéndose del apoyo de su aliado Ptolomeo, en cuyo territorio se había refugiado el númida, montó cuatro cuerpos de ejército bien nutridos de jinetes mauros cedidos por éste y peinó el sur de la provincia valle a valle. Un informador local avisó al procónsul de que Tacfarinas se encontraba escondido en las ruinas de un lugar llamado Auzea (Sour el-Ghozlane, Argelia) La zona era boscosa y ondulada, ideal para acercarse sin ser visto con una pequeña expedición. Así lo hizo Dolabela. Llegó hasta allí, esperó toda la noche en silencio y, antes de que rompiera el alba, los confiados númidas se despertaron de súbito con las bocinas y los gritos de la legión. Fue una carnicería. La infantería romana, tan efectiva como despiadada, mató como conejos a los insurgentes, aún medio dormidos o medio desnudos, desmontados y mal armados. Los hombres de la III Augusta no tuvieron misericordia: el rencor acumulado tras ocho ingratos años de guerra se desató aquel sangriento amanecer. Siguiendo órdenes estrictas del procónsul, los centuriones dirigieron a sus hombres hacia Tacfarinas. Primero cayeron sus guardaespaldas, después su hijo y, al final, solo y acorralado, él mismo se ensartó en la astas de los legionarios que pretendían apresarle.


Con la muerte de Tacfarinas se desvaneció el último aliento de independencia de las tierras de los musulami, quedando integradas hasta la llegada de los vándalos dentro de la provincia de África. P. Cornelio Dolabela, el verdadero vencedor del insurgente númida, reclamó su triunfo al Senado, pero su proposición fue desestimada por orden de Tiberio. Tácito intuyó la alargada sombra de Sejano tras aquella injusta decisión, pues si hubo alguien merecedor del triunfo sobre Tacfarinas, ese era Dolabela, aunque ello hubiese supuesto la vergüenza de Bleso, y peor aún, del propio Tiberio.






viernes, 16 de marzo de 2012

Archienemigos de Roma: INDÍBIL, EL INDOMABLE



INDÍBIL, mi último archienemigo en www.historiasdelahistoria.com


 ¿Quién fue realmente Indíbil? No se sabe con certeza quienes fueron sus padres, pero sí de dónde era. Según los historiadores romanos Indíbil era el régulo de los ilergetes, por lo que podríamos ubicar su nacimiento sobre el 258 a.C. en la ciudad de Ilerda o contornada (actual Lleida) Es Tito Livio quien habla de él como Indíbilis, mientras que el griego Polibio, el cronista de Escipión Emiliano, le llama Andóbales. Tanto los nombres Indi como Ando, así como el sufijo -beles, son claramente ibéricos, contingencia que cuestiona la teoría de un posible origen celta de este correoso individuo.

Guerrero ibero
¿Y quiénes eran los ilergetes? Era la etnia ibera que ocupaba buena parte de las actuales provincias de Lleida y Huesca. Los historiadores antiguos hablaron de una ciudad llamada Atanagrum como su capital, pero se desconoce aún su ubicación exacta. La gran ciudad de los ilergetes fue Ilerda, quizá la población ibera más importante al norte de Arse (Sagunto) Su posición estratégica entre el valle medio del Ebro y el mar, así como los recursos agrícolas y ganaderos del territorio, provocó que los dos grandes gallos que se alzaron en el Mare Internum codiciasen sus recursos.

 Aquí es donde entra Indíbil en la Historia. Muy poco sabemos de su apariencia y carácter, pues no hay descripciones ni físicas ni psicológicas del personaje, pero sí que sabemos como mudó de alianzas con cartagineses y romanos tratando de mantener al margen sus tierras de la sangrienta disputa que mantenían las dos potencias. Su búsqueda de un equilibrio beneficioso le hizo cambiar de lealtades según soplasen los vientos. Hoy consideraríamos deshonrosa una conducta así, pero para la sociedad ibera y celtibera del momento era completamente normal cambiar de parecer y bando a media contienda. Casos así, y peores, sucedieron pocos años después en la guerra de Viriato, el asedio numantino o durante la revuelta de Quinto Sertorio.

 El caso es que, quizá antes o a raíz de la toma de Sagunto, claro ejemplo de la pasividad del Senado de Roma ante un ataque a una ciudad aliada, Indíbil optó por apoyar a los púnicos. Su pacto con Cartago le obligó a ponerse bajo el mando de Hannón, el comandante púnico que Aníbal Barca dejó para controlar Hispania mientras él emprendía su legendaria campaña italiana. Lo que no calculó Indíbil fue que la guerra entre Roma y Cartago se extendiese tan pronto a Hispania, y menos que un experto militar, Gneo Cornelio Escipión, recién desembarcado en Emporion (Ampurias, Girona), le plantase batalla a Hannón al frente de sus dos legiones y le derrotase frente a Cissa, un lugar muy próximo a la actual Tarragona. El revés púnico fue considerable: seis mil muertos y dos mil capturados, incluidos el propio Hannón e Indíbil. Asdrúbal Barca, que llegó tarde a la batalla con sus refuerzos, no pudo más que hostigar a la flota romana y mantener el Ebro como límite natural entre ambas potencias.

P. Cornelio Escipión
La liberación de Indíbil supuso la entrega de tributos y rehenes ilergetes a Roma, siendo expulsados de buena parte de los territorios que hasta el momento regía. Al año siguiente reanudó sus operaciones pro-púnicas hostigando a varias tribus celtíberas afines a los intereses de Roma. Su renovada alianza con Asdrúbal le dio rienda suelta para expandir su poder entre otros régulos vecinos menos belicosos, y más tras la derrota y muerte de los dos Escipiones en Kastulo e Ilorci (alto Guadalquivir, Jaén)

La amistad cartaginesa no fue gratuita para el oligarca ilergete. Tuvo que entregar una buena cantidad de plata y a su propia esposa como rehén. Quizá cansado de la infinita codicia del Barca, o quizá atento al cambio de vientos que se estaba produciendo en Hispania, en el 209 a.C. Indíbil pactó con Publio Cornelio Escipión, hijo de uno de los Escipiones y nuevo legado enviado por el Senado de Roma para atajar el problema púnico. El romano aglutinaba bajo su mando a muchos iberos deslumbrados por su buena fortuna, algo que quizá decantase a Indíbil a cambiar de lealtades. La ayuda ilergete llegaría a cambio de la devolución de los rehenes que seguían en manos de Asdrúbal y la confirmación de su condición de rey vasallo de la República una vez Cartago fuese expulsada de Iberia.

 No se saben con certeza las causas, puede que los iberos viesen que Roma era un león vestido de cordero, o quizá los agentes bárcidas sobornasen a los régulos indígenas, pero el caso es que sólo un año mantuvo su nuevo pacto de fidelidad a Roma, pues en el 208 a.C. de nuevo Indíbil forma junto a los aliados iberos en las filas de Asdrúbal. La batalla de Baécula (quizá en Santo Tomé, Jaén) se saldó como la de Cissa para los intereses de Cartago. Asdrúbal consiguió huir, los púnicos fueron derrotados, otra vez Indíbil fue capturado y liberado a cambio de grandes tributos.

Indíbil y Mandonio
 A la tercera no fue la vencida. El año siguiente Indíbil secundó una nueva revuelta hispana contra Roma fomentada por el cartaginés Magón. Otro régulo ibero, Mandonio de los ausetanos, que quizá era su cuñado, también acudió a la batalla que se libró en el 206 a.C. y que supuso el afianzamiento definitivo de Roma en la península. Escipión y su fiel Gayo Lelio masacraron a 20.000 sublevados en un angosto valle indeterminado de la Sedetania. Indíbil y Mandonio consiguieron huir.

 La salida de P. Cornelio Escipión a África dio alas de nuevo a la terquedad del régulo ilergete. De nuevo se alzaron los descontentos contra Roma, y de nuevo fueron derrotados, pero el manto de Lug no le cubrió en aquella ocasión: Indíbil cayó en combate y Mandonio fue entregado a los romanos como parte de la rendición incondicional, muriendo ejecutado poco después.

La muerte de Indíbil en "Armas de la Antigua Iberia" de Fernando Quesada

Así falleció Indíbil según nos dejó Tito Livio:

 "Una vez que cayeron acribillados por los dardos los que peleaban en torno al rey, que se mantenía en pie medio muerto y después quedó clavado al suelo por una jabalina"